Ocho horas al día en la redacción mientras cobran cinco veces menos que el redactor que teclea en el ordenador de al lado. No es ficción, es la rutina de muchos jóvenes que trabajan como becarios en los medios de comunicación españoles. Su pesimismo se siente en la cafetería de la facultad, en la conversación que mantienen con su pareja por el móvil de camino a la próxima rueda de prensa y cuando se cruzan con un ejemplar del diario para el que trabajan y resoplan. La euforia del primer contrato deja paso a la realidad de la que intentan escapar, sin éxito, pellizcándose.
Hace dos semanas, en La Casa Encendida, Elsa Fernández-Santos, redactora de El País, abofeteó a los veinte asistentes al Taller de Periodismo Cultural que allí se impartía con la siguiente afirmación: las personas que entran como becarios en el periódico para el que trabaja lo hacen tras haber cursado el Máster de Periodismo del medio, lo que supone un desembolso de 11.300 euros, sin que ni siquiera esto les garantice obtener la plaza para la realización de las prácticas en el diario. Eso o tener ‘contactos’. Sin uno de estos dos requisitos el joven periodista puede darse por perdido.
Corren ríos de tinta sobre la crisis económica que asusta a los que buscan su primer empleo, la sociedad acusa constantemente a la juventud de excesiva desmotivación, pero al mismo tiempo a muchos se les impide desarrollar su creatividad y potencial profesional a base de horarios interminables, horas mal pagadas y ofertas de trabajo que, desde la primera letra, dejan claro que no contarán con los seleccionados tras el periodo de prácticas. Mientras tanto, los que ya están dentro no dejan de pellizcarse, mas no despiertan.
David Molina Vázquez.

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